En los treinta años del gran incendio

viernes, 29 enero 2010 Carlos Feuerriegel

En los treinta años del gran incendio, por Carlos Feuerriegel

En mi memoria se han mantenido nítidas y vivas algunas de las imagenes de aquella noche de julio de 1979 cuando, en la furgoneta de Torrate, un grupo de amigos, acudíamos al incendio que se había iniciado en la sierra. No podiamos imaginar que el fuego que entonces comenzaba su negra andadura llegaria a alcanzar el grado de destruccion al que llegó una semana después. Tampoco sabiamos que la tormenta seca de esa noche habia sembrado otro foco distinto y distante de aquel primero que inicialmente controlaríamos.

¿Qué sería de aquel tejón que se nos cruzó en el camino apenas dejada la carretera de la sierra para dirigirnos hacia la Marta? Hay poco espacio para la duda: su suerte no pudo ser otra que la de los paisajes frondosos que habiamos conocido y que no volveremos a ver en nuestras vidas. Ese mar interminable de vida y verdor en el que se sumergia el autobús de Chambitos todas las mañanas, apenas se adentraba dos kilometros en la carretera de Enguera para conseguir emerger del mismo ya en las cercanias de la poblacion de Enguera.

El fuego nos familiarizó con el paisaje lunar y corriendo el velo de la vegetacion ya hecha cenizas, dejó al descubierto la proa del Caroche hasta entonces escondida tras el misterio del bosque y sus nieblas cuando atravesabamos la carretera de la sierra. La destruccion apenas si puede ser descrita dada la magnitud que alcanzó, llegando a afectar a todos nuestros términos vecinos en la provincia de Valencia, con la excepción de Zarra. Degradadas las palabras, por su equivoco uso permanente y saturado nuestro cerebro por la riada de cifras cotidianas ¿qué puede decirnos el saber que ardieron mas de cuarenta mil hectáreas?

Ayora y el Valle vivian esos años en la borrachera laboral y económica de las obras de la central nuclear de Cofrentes. La sierra ardió esos dias come había vivido en sus últimos años; en soledad. Faltaron voluntades y faltaron medios en los primeros momentos, pero donde estos se conciliaron, el frente de fuego fue sofocado. Todavía son bien visibles hoy esos lugares en contraste con otros en los que el fuego llegó a su fin por pure agotamiento, al no quedar ya nada que quemar.

En los treinta años del gran incendio, por Carlos Feuerriegel

Recuerdo que ya con el fuego extinguido un ingeniero del entonces ICONA lanzaba per television el mensaje optimista de que los montes afectados necesitarían unos veinte arios para recobrar su aspecto original. Han pasado treinta, y con la excepción de la considerable zona de Ayora que se volvió a quemar, entonces intencionadamente, en 1991, en modo alguno se ha recuperado la vegetación perdida.

Para las estadisticas oficiales puede que el balance no fuera tan descorazonador: a la larga se incrementó la superficie forestal al abandonarse definitivamente tierras de cultivo que todavía se venían cultivando e iniciarse su lenta colonización por la vegetación silvestre y al iniciarse una regeneración natural, que comienza con una mucho mayor densidad de árboles per hectárea. Ambas realidades muy del tiempo presente tan dado a contar y reacio a pesar. En el camino se ha quedado la calidad del bosque perdido, un concepto de mas difícil cabida en las cifras oficiales, unido al microclima per él generado.

Sin duda que hoy es casi impensable una tragedia de tales dimensiones. Hemos perdido tantos bosques maduros en las tres últimas décadas que necesario es haber aprendido de ello, aun cuando veranos como este pasado en la serranía de Cuenca o Teruel den pie a albergar dudas también en nuestra capacidad actual. No obstante, creo que, al menos en nuestra comarca y en Ayora, sí existe un mayor aprecio por lo que se perdió y, consiguientemente, una mayor valoración de lo que todavía se conserva y no puede volverse a perder.

Otoños como el que ahora disfrutamos y como el pasado, también generoso en lluvias contribuirán a fortalecer y enriquecer el manto vegetal de la sierra, ofreciéndonos un horizonte favorable, que con nuestra necesaria aportación siempre que sea necesario, trate de frenar la tendencia general hacia una mayor aridez del clima de esta tierras que tozudamente aparece en todos los modelos de predicción climáticos para los años venideros. La sierra fue sostén de vida en el pasado en los pueblos de esta comarca; con mucha mayor razón, pero por diferentes motivos lo va a seguir siendo en el futuro. De nosotros depende que nunca vuelva a encontrarse en soledad cuando deba hacer frente a cualquier amenaza. Ella siempre lo devuelve con creces.

Galería de fotografías



Autor: Carlos Feuerriegel

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2 Comentarios Añade un comentario

  • 1. José Manuel Almerich  |  sábado, 30 enero 2010 a las 13:36

    Extraordinario recuerdo de la catástrofe, tantas veces repetida en nuestras montañas, y que cambió para siempre el paisaje del macizo. La montaña ha perdido, los hombrés más. Hoy no hubiese sido igual, al menos, los medios y la conciencia social, son mucho mayores.
    Gracias Carlos

  • 2. jose  |  lunes, 1 febrero 2010 a las 18:20

    Recuerdo con 7 años subir a la era donde esta ahora la Cooperativa Monte Mayor y ver el desolador paisaje del perfil de la sierra llameando. Y recordad tambien como la perdida de esa cubierta vegetal influyo y de que manera en la riada del 82.

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