Cumpleaaaaaaaños feeeeeeeliz…

viernes, 24 julio 2009 Amparo G. Barberá

En este artículo además de invitaros a la reflexión os invito a practicar un ejercicio en solitario, silencioso, relajante… ¡Eh, esas mentes calenturientas, manos arriba! Hablo de ejercitar la memoria, de echar la vista atrás mirando por la ventana del pasado. ¿Recordáis vuestros cumples? Me refiero a la gente que tenga más de veinte años pero menos de ciento treinta. En realidad, me refiero a los que estéis entre los veinte y los ¿cuarenta? ¿cincuenta?

Por mucho que rebusco en mi memoria tengo que recurrir a las fotos para hacerme una ligera idea de cómo se celebraban y lo que significaban los cumpleaños “antiguamente”. Se celebraban en casa, en un salón con globos de colores pegados por las paredes, una mesa plagada de platos con sándwiches de jamón cocido y queso y de nocilla (de la marca nocilla y no de la que traía mi tía de la marca blanca del Pryca todos los meses), papas y olivas (incluso en una ocasión, a los diez años, un plato de Chetos, ¡todo un despilfarro!) y dos botellas: una de Fanta de naranja y otra de Pepsi-cola. Por supuesto todo repartido en platos y vasos de plástico, sobre un mantel de papel blanco que pronto se teñía de marrón y naranja por los manotazos despreocupados de los presentes. Y significaba que todos los críos de la calle (a los que habías invitado y también a los que no), las cuatro primas del pueblo y las dos amiguísimas del cole (sólo dos, te decía tu madre) acudían a felicitarte con un regalo comprado en la tienda de los veinte duros. ¡Un boli con cuatro puntas! ¡Y un estuche con la cara de Brandon el de Sensación de vivir! ¡Y un balón de plástico! (Qué suerte, pues el último con el que jugamos en la calle al “partido quemao” sigue colado en el balcón de esa vecina huraña que todo el mundo tiene o ha tenido y que nunca abre la puerta haciendo creer a todo el mundo que se trata de una bruja que sólo sale por las noches… montada en una escoba… para merodear en los sueños de los pequeños vecinos miedosos…). Lo cierto es que en la adolescencia se juntaban las amigas, ponían doscientas pesetas cada una (para lo cual tenían que ahorrar durante uno o dos meses según la generosidad de sus pagas semanales) y te compraban una gorra de marca (lo más) o una raqueta de bádminton. Por entonces los vecinos y algunas primas ya no pintaban nada en “tu fiesta”.

Las fotos confiesan, además de que tu madre, tus tías y tu abuela estaban como focas por supuesto favorecidas con el pelazo de los ochenta, que las cortinas del salón eran tan horteras que servían para hacer el traje regional de “ayorinica”, que los colores que combinábamos en la ropa se daban patadas (¡rojo con rosa, prohibido!, ¡marrón con negro, estás loca?), que tu vecino Fulanito, que ahora está como un tren (vamos, que te dejarías pillar por él) era tan mofletudo como tu abuela y tan barrigón como tu madre después de tres partos, que tu prima Menganita iba toda escayolada (y entonces recuerdas que le empujaste por las escaleras, te sonríes, luego dices, ¡qué hija de puta era! Aunque… ella me mordió en el brazo y hasta me tuvieron que dar puntos…), que la otra primísima vino disfrazada de karateca (en su caso, vestida, pues venía directamente del entrenamiento), que en alguna ocasión la tarta era comprada en lugar de casera y que ponía tu nombre con crema pastelera sobre la cobertura de chocolate…

¿Os suena? Entonces es que sois viejos… Admitidlo, no estáis en la onda. La onda ahora gira tan rápido que no puedes acceder a ella con tanta facilidad como a un gusano de personas que bailan entre las mesas en una boda. Sois viejos. (Sí, yo también, nací en el ochenta, así que ya tengo veintitrés.)

Ahora es todo mucho más guay, mola todo mucho más, ¿sabes? Porque ahora se invita a toda la clase ¿cómo vas a excluir a ningún crío que luego pueda excluir al tuyo? Las fiestas de cumpleaños se han convertido en pequeñas “primeras comuniones” con decenas (y digo decenas refiriéndome a más de veinte) de regalos que superan los veinte o treinta euros. Como los críos son pequeños, son las madres o los padres los que se encargan de comprar los regalos y claro… no vas a quedar en ridículo comprándole un balón de fútbol en el Decatlon por cinco euros estando el de la Selección Española con las firmas grabadas de los jugadores por veinticuatro noventa y cinco…

Y como en el salón de casa no caben veinticinco chiquillos y como no quieres que te pongan la casa perdida de mocos, Papadeltas pisados y chorretones de Fanta pues… encargas la merienda en un bar o reservas la tarde en una de esas salas de bolas especializadas y te gastas trescientos o cuatrocientos euros (aquí la crisis es como los dulces en Navidad, que no afecta, puro autoconvencimiento, si hace falta le pido el dinero a la yaya) para que tu nene tenga veinticinco regalos, para que los críos no valoren la merienda (que es casi casi a la carta) porque están demasiado ocupados con las bolas, los toboganes y los monigotes que les están pintando en la cara y en las manos (a pesar de la cara de sufrimiento de algunas madres temerosas de que las manchas no salten en la ropa de marca que visten sus chiquillos).

El anfitrión de la fiesta, que cumple nada menos que siete años, se pasa cuarenta y cinco minutos descubriendo regalos sin parar, uno tras otro, sin prestar atención al que abre porque todavía quedan muchos más, esperando. Y como culmen de la celebración se reparten bolsas individuales de golosinas y pequeños juguetes para todos los asistentes. (Ese día no cena ningún crío, claro, o por indigestión de golosinas y Coca-cola que tienen efecto bomba o por sobredosis de azúcar, ¡a ver quién los duerme!)

¿Os suena? Entonces es que estáis locos. Admitidlo. Habéis entrado en la onda, quién sabe cómo, y no podéis salir. La sociedad no deja de lanzar lazos, al estilo de los vaqueros de las pelis norteamericanas, y, o te empeñas en escapar (es difícil, dificilísimo, protesta admitida) o tarde o temprano te caza alguno. Y lo peor es que cuando ya te ha cazado un lazo es más fácil caer en las redes que esos jinetes-sociedad tienden sobre todos nosotros para convertirnos en un rebaño y del que van cogiendo cantera continuamente para entrenar a más y más jinetes.



Autora: Amparo G. Barberá

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2 Comentarios Añade un comentario

  • 1. jose  |  viernes, 24 julio 2009 a las 17:08

    La verdad es que tienes razón. Se ha mercantilizado todo de tal manera que cualquier acto se convierte en una excusa para comprar y gastar dinero. Desde el bautizo hasta el entierro es un negocio el paso del tiempo.
    Gastos en regalos, convites, etc., arruinan a las familias. Tengo el caso de un cliente que tuvo que pedir un prestamo para la comunión de su hija. ¡¡¡INCREIBLE¡¡¡ Lo peor es la boragine consumista en la que estas cosas enguye a nuestro hijos, porque claro, sólo con que haya un descerebrado amigo de tu hijo que haga un cumpleaños rimbombante, no le vas a negar a tu hijo lo mismo, y explicale a un niño que tu no estas deacuerdo con esas cosas y que por esos lo conviertes en el rarito del cole. En fin, una locura y que me pille confesado todo esto porque acabo de empezar.

  • 2. Zaca  |  lunes, 27 julio 2009 a las 8:06

    Creo que en este tipo de cuestiones hay que ser valiente y explicarles a nuestros hijos que el invitar a toda la clase, que recibir varias decenas de regalos, etc. es un despróposito…

    Si bien, es muy difícil mantenerse al margen y finalmente te dejas arrastrar.

    En uno de los cumples de mi hijo Pedro, en el que invitó a sus mejores amigos de su clase y de fuera, en total unos 8 niños/as, hablé con los padres para que no compraran cada uno un regalo, y que bueno, que el hecho de venir al cumple ya era importante, o bien, que trataran de ponerse de acuerdo y que hicieran un pequeño detalle. Mi hijo Pedro (a regañadientes), comprendió, que era una barbaridad recibir tanto regalo.

    El hecho es que no me hicieron caso y me miraron como un bicho raro y alguno me llegó a contestar con una risa jocosa. No sé si no entendía lo que pretendía o simplemente me vino a decir: Anda que te den!! En fin, fracasé.

    En los otros cumples de nuestros hijos, hemos desistido a oponernos al tema regalos, si bien, hemos mantenido el invitar a aquellas amiguitos/as con los que tienen más trato. Algo que también me ha provocado más de algún problema cuando algún padre o madre despechado/a, porque no hemos invitado a su niño/a. Aún así, es algo que hemos mantenido.

    En definitiva, lo importante es consumir hasta morir…

    Saludos. Zaca.

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