Las Hoyas son un poco la casa de todos
A principios del pasado siglo y hasta cerca de su mitad, la vida en el mundo rural presentaba unos caracteres de dureza que hoy, a muchos, les parecerían insufribles: trabajo físico agotador, casas sin agua caliente y electricidad, caminos a pie o a lomos de caballerías, la lumbre por toda calefacción y la sombra por aire acondicionado. Pero, con todo ello, vivían en un mundo donde las certezas pesaban mas que las incertidumbres, por ser un mundo ligado a los ciclos de la naturaleza. Ciertamente contaban, tanto como hoy, con un pedrisco que se llevara la cosecha, pero esto entraba dentro de lo imprevisible del comportamiento caprichoso de la atmósfera y, como “con el de arriba no se puede”, en frase de la gente del campo, se aceptaba con una actitud estoica inteligente.
Si hoy pudieramos entablar una conversación imposible con nuestros antepasados, tendríamos que hablarles de unas incertidumbres nuevas que ellos ni pudieron imaginar y que están afectándonos mas cada día que pasa.
Porque entre las certezas de nuestros abuelos estaba el acostarse sabiendo que, al día siguiente, se encontrarían con el paiseje que dejaron al anochecer. El mismo que conocieron y trabajaron sus padres y abuelos. Con pedrisco o sin él, con sequí o temporales interminables, los campos seguirían siendo campos de cultivo y el monte seguiría siendo el monte. Lo daban por hecho tanto como que el sol terminaría por salir y, quizá por ello, tampoco lo apreciaran como podemos hacerlo hoy. Pero esto pertenece ya al pasado.
Si los paisajes entraban dentro de lo duradero, hoy los hemos arrastrado al vertiginoso mundo de lo fugaz. Ya no podemos dar por hecho que las tierras que vemos un domingo no se verán amenazadas el lunes por alguna que otra propuesta urbanística que les cambie la cara de forma irreversible. Nuestros abuelos no sabían lo que era un PAI, y no se perdían nada. Nuestros abuelos no sabían lo que era una incineradora ni lo que eran residuos peligrosos.
Esta incertidumbre permanente que acosa al espacio físico que nos rodea y al cual pertenecemos, constituye una vivencia nueva para nuestra especie y no creo que pueda consolidarse sin dejar secuelas en nosotros mismos. Estamos necesitados de puntos de amarre para hacer frente a los oleajes de la vida. El paisaje que hemos vivido desde nuestra infancia forma parte de estos amarres. El horizonde físico de nuestras vidas conforma una realidad cambiante y eterna, porque ha sido eterna en la escala de la breve duración de cada vida y porque los recuerdos que contienen y permanentemente alumbran, los hacen cambiantes y vivos.
Cada uno siente y vive el paisaje de forma diferente. Y, con su pérdida, nos quitan mucho a todos y cada uno de nosotros, además de destruir la casa de los animales y plantas que también lo han hecho suyo.
Las Hoyas son un poco la casa de todos.
3 comentarios Martes, 30 mayo 2006





